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Entrevista con Pablo Pineda primer
título universitario. a una persona con sindrome de Down. De
El País, de Madrid,
 Dice
Pablo Pineda que la primera noticia de que era síndrome de Down
lo suyo la tuvo a los seis o siete años. “Un profesor de universidad
que llevaba el Proyecto Roma, don Miguel García Melero, en el
despacho del director me preguntó: ‘¿Tú sabes que eres síndrome
de Down?’. Yo, inocentemente, le dije que sí, aunque no tenía
ni idea. Él lo notó y se puso a explicarme qué era eso, aunque
no era genetista, sino pedagogo. Y yo, como a todo le saco punta
y tengo esa agudeza mental, le dije: ‘Don Miguel, ¿soy tonto?’.”
–¿Por qué se lo preguntó?
–No sé. Es difícil saberlo. Quizá, si a los seis años te asocian
con un síndrome, tú lo asocias a ser tonto o no. Él me dijo que
no era tonto, y le pregunté: “¿Y voy a poder seguir estudiando?”.
El me dijo: “Sí, por supuesto”. Luego comenzó el proceso de la
calle; los niños empezaron a decirme: “Pobrecito, está malito”.
Y yo me enfurruñaba, porque no estaba enfermo.
–Pero sí veía que su cara era distinta.
–Eso sí. Que tenía los ojos más alargados, que las manos no eran
iguales. No había visto a otros niños con síndrome, pero quizá
tenía la mosca detrás de la oreja. Quizá tenía una inquietud.
¿Y esto del síndrome, qué falla será? En casa, mis padres nunca
me habían comentado nada, pero después de la primera noticia le
pregunté a mi madre: “¿Es verdad que soy síndrome de Down?”. Estaba
con mi hermano Pedro, el mayor, que estudiaba medicina en aquella
época, y empezó a explicarme lo que era la genética, los genes;
así me fui enterando. Y volví a hacerles la misma pregunta que
al profesor: “¿Puedo seguir estudiando?” “Claro”, dijeron los
dos, “sin problemas”. Estaba muy a gusto en el colegio, con mis
compañeros. Luego, durante un tiempo, no tuve interés de saber
más; hasta que empecé a estudiar la carrera de magisterio, a los
21 años, al tocar el campo de la educación especial: ahí es cuando
me entero de lo que es esta discapacidad. Aunque, al describirla,
los libros hablaban de que era una enfermedad y de la cultura
del déficit, de todos los problemas que tienen. Muy negativo.
Y cuando empecé a leerlo me dije: yo no soy así.
–¿Pensó que era un síndrome de Down un poco especial?
–Exactamente. También pensé, además de que yo era especial, que
otros muchos síndromes de Down que ya conocía tampoco eran como
los describían los libros. La literatura nos pone peor de lo que
somos, y nos aparta. Sobre capacidad motórica, te explican todo
lo que deberían tratar en capacidad mental. Lo mental siempre
se vende peor que lo físico. Dicen que somos deficientes, que
somos retrasados. Y que no hay ninguna solución, que es lo peor.
Se quedan con las alteraciones visibles, y asocian lo mental con
la locura, porque antes no se distinguía entre deficiencia mental
y enfermedad mental. Y todavía se distingue mal... Así que cuando
la gente ve a un paralítico mental dice: ése está loco. Deficiencia
se asocia con locura.
–¿Le costaba estudiar más que a los demás?
–No. Bueno, los números y las matemáticas no me gustan nada; pero
eso no es algo extraordinario, ni característico de un síndrome
de Down.
–Supongo que la adolescencia debió de ser una etapa más dura que
la infancia.
–He pasado por distintas épocas. Cuando empecé en primero de BUP
(el bachillerato único polivalente), nadie se esperaba un síndrome
de Down en un instituto, y la gente me miraba como diciendo: que
hace éste aquí. Hicieron una cosa ilegal, que los profesores tuvieran
que votar mi admisión en el instituto. Así que fue duro. Pero
poco a poco me fui sacando ese torrente de magia o de cariño y
fui conquistando a mis compañeros, porque era muy consciente de
que debía hacerlo. Con los compañeros sabía que tenía que atacar
charlando, metiéndome entre ellos, y eso fue lo que hice. Y reaccionaron
muy bien; en primero, fue una relaciónbonita. Y a los profesores,
a pesar de que habían votado, a muchos los fui conquistando, aunque
a ellos fue por lo cognitivo. Les preguntaba en clase, me interesaba,
y eso los descolocaba. Después, en segundo, ahí todo fue fatal.
Quizá porque los niños con 14 años siguen siendo niños, pero los
de 16 se hacen los duros, son crueles, y entonces comenzaron a
mirarme por encima del hombro, a no hablarme. La vida era imposible.
–¿Y qué hizo?
–Al principio me sorprendí. Me desanimé y pensé en tirar la toalla.
Tampoco sabía cómo contárselo a mis padres, así que me lo callé
todo. Los de primero eran profesores jóvenes, pero en segundo
eran mayores y no creían en mí. Decían que ese niño no podía aprender,
que no sabían cómo iban a enseñarme, que no iba a aprender nunca,
que las matemáticas me costaban un montón. No veían ninguna luz
y empecé a deprimirme.
–¿Qué asignaturas prefería?
–La historia y las ciencias sociales me encantaban. Me leía los
anuarios. Y también me gustaba el griego. El profesor era muy
joven, acababa de entrar en el instituto, y me encantaba cómo
me enseñaba.
–Hemos llegado a tercero. Entonces, ¿qué pasa?
–Pues que todo vuelve a estar bien. Tengo muchos amigos, hacemos
viajes.
–¿Y cuándo se aceptó del todo?
–Pronto. He dado conferencias, y en una de ellas, cuando tenía
14 años, una señora me preguntó si me haría la cirugía estética
para cambiar los rasgos de mi cara. Y le dije: “No, los tengo
a mucha honra”. Y luego: “¿Es que no te gusta como soy?” Yo he
sido muy exigente conmigo mismo.
–Uno de los problemas que tienen los Down es que la sociedad suele
tratarlos como niños. Esa lucha para crecer, a veces debe hacerse
contra la propia familia.
–Por ejemplo, mi físico es el mismo de hace años, no veo cambios
en mí. Cuando me preguntan cuántos años tengo y digo 29, me dicen
que no los aparento. Eso me molesta. Sé que es por el físico,
pero no me gusta que me traten como a un niño; pero es muy difícil.
Es verdad que la gente piensa que eres un niño siempre.
–Quizás a algunos discapacitados los atrapa eso. Prefieren no
crecer, como muchos otros niños, y ser Peter Pan para no enfrentarse
con un mundo que suponen hostil.
–A mí no me pasó. Cuando tenía 14 o 15 años era tanta mi propia
autoestima que todo el lado conmiserativo no me gustaba nada.
Quería salir de eso, demostrar quién era y lo que podía hacer.
–En realidad, su vida debe ser difícil, necesita ser un buen guerrero
para llevarla.
–Sí que es duro, más que nada porque siempre tienes que estar
demostrando que puedes. Que puedes hacer esto o lo otro, que puedes
viajar. Es muy cansado, te hartas. A veces piensas que los prejuicios
han disminuido, pero es que están más soterrados. En el ingreso
hubo un acto de fin de curso. Todos los premios se los llevaron
las chicas, menos dos que fueron para otro chico y para mí. Al
final, el director dijo: “Y ahora os voy a hablar de un chico
que todos conocéis, que ha hecho un gran esfuerzo, pero a quien
no se le ha regalado nada. Ese chico es Pablo Pineda”. En cuanto
dijo mi nombre, el salón de actos se puso en pie a aplaudir. Me
quedé de piedra.
–¿De qué le sirve a usted esta atención que despierta?
–Para mí no es nada, pero para el colectivo, todo. Lo hago por
el colectivo. Debo hacerlo, me siento deudor con este colectivo
desde que era pequeño. Desde el programa “Hoy habla Pablo”, cuando
tenía ocho años y salí por primera vez en televisión, y ya dije
que a los síndrome de Down había que llevarlos al colegio con
los demás niños y dejarlos jugar en los recreos.
–Es curioso que con el tiempo se haya convertido en la estrella
de su familia.
–Sí lo es. Tengo dos hermanos con carreras universitarias superiores,
y yo que soy el pequeño y síndrome de Down... Yo no creo en el
destino y todo eso; pero, sin embargo, desde muy pequeño me di
cuenta de que el hecho de estar marcado por el síndrome de Down
me obligaba a algo. No ser normal te marca, la sociedad te pide
algo por ello. A mí me ha pasado.
–Una señora que sabe mucho del síndrome de Down me decía que no
todos los Down son iguales, y que eso explicaba que usted hubiera
podido estudiar.
–Ese es el discurso de rizar el rizo. Sí, pero resulta que las
diferencias no se explican genéticamente, se explican culturalmente.
Ahí es donde se marca la diferencia entre un Down que puede llegar
a estudiar y otro que no. Pero nos dividen entre niños mosaicos,
o Down por traslocación, o puros; ésas son las tres clases de
Down que existen, genéticamente hablando.
–La señora de quien le hablo me dijo que para haber llegado a
la universidad tiene que ser mosaico.
–Sí, o bajorrelieve... Yo soy puro, soy normal. Dicen que los
mosaicos tienen más capacidad que los otros, pero resulta que
yo no soy mosaico... Así que mi caso deja bien claro que lo genético
no explica la diferencia. Ya me lo han dicho más veces, que tengo
que ser mosaico, y que de otro modo no se lo explican. A veces
la comunidad científica y la gente es torpe, y no entiende nada
que la genética no les explique.
–¿No es eso como admitir, de entrada, que casi no hay nada que
hacer por ustedes?
–Claro, como si no pudiéramos ser estimulados, como si no pudieran
enseñarnos. De ese modo no tienen que asumir su responsabilidad.
¿Y cómo lo explican? Pues diciendo que éste es mosaico. Otro argumento
es decir que tengo un síndrome leve, o que soy límite. Pero no,
soy puro.
–La primera vez que hablé con su madre, ya me di cuenta de que
no era una madre corriente.
–No lo es. Nada de esto hubiera ocurrido si ella no hubiera actuado
como lo hizo. Y de una madre no corriente nace un síndrome de
Down que para mucha gente no es corriente.
–Pero dentro del Proyecto Roma, que es europeo, ¿cuántos han ido
a la universidad como usted?
–Sólo yo. Pero igual que entre los normales hay diferencias, y
no todos llegan a la universidad, lo mismo pasa con nosotros.
Cada uno llega a lo que llega. Y eso me da una responsabilidad
muy grande. Hace unos días, unos padres que iban a un congreso
internacional del Proyecto Roma me decían: “Pablo, tú eres un
pilar fundamental del proyecto”. Me lo han dicho muchas veces,
que he marcado un camino.
–¿Sus padres le han empujado a que usted mismo hiciera las cosas,
consultaron a los médicos cuando era pequeño?
–Cuando empezamos, más que consultar a los médicos, eran ellos
los que decían a los médicos qué había que hacer. Ellos decían:
este niño no podrá aprender más que las cosas más sencillas, y
mis padres no les hacían caso: tu ocúpate de las amígdalas, que
yo me ocupo de su educación. Nunca creyeron que no podría aprender,
nunca creyeron a mi médico, y eso que era muy bueno y me quería
mucho, pero su mentalidad era de aquella época. Mis padres siempre
pensaron que yo debía ser autónomo y me educaron para ello. Don
Miguel López Melero ha sido un acicate. Cuando era niño, me hacía
pequeñas putaditas. Por ejemplo, decirme que me iba a recoger
y luego no venir, dejarme solo, para ver qué hacía. Fíjate qué
listo. Y yo, además de maldecir a toda su parentela y de estar
muerto de hambre, pues tenía que arreglarme la vida, tomaba un
autobús. Toda una aventura. Todos, mis padres, mi hermano, mi
tío, se turnaban para espiarme detrás de un periódico, como detectives.
Incluso si caían cuatro gotas y le pedía a mi padre que me llevara
al colegio, me decía: “Ponte el impermeable y vete en autobús”.
Mis padres han sido fuertes, nunca han cedido, nunca les he pillado
el punto débil.
–Entonces no ha estado superprotegido.
–Pero sí tuve una figura protectora. Era mi tía Encarna. No tenía
hijos y me quería mucho. Hasta hacerme mal, en el sentido de que
cuando iba a su casa me untaba la mantequilla en el pan, por ejemplo.
Si me quedaba solo en casa, me decía que fuera a dormir con ellos,
no pensaba que podía dormir solo. Cuando murió fue un mazazo,
pero también un punto de inflexión; dejé de tener a alguien que
me protegiera de ese modo. Poco después de que ella muriera, mis
padres tuvieron que viajar, y eso para mí fue una lección de autonomía.
¡Por fin! Porque mi tía me adoraba, pero era el elemento perturbador.
Una vez fuimos de viaje con Miguel Melero, ella era muy sorda,
y en el aeropuerto empezó a ponerme el azúcar en la leche. Entonces,
don Miguel hizo una cosa muy bruta: le pegó un manotazo a mi tía,
cosa que le sentó fatal. ¡Ja, ja, ja! El caso es que cuando ella
murió disfruté de esa autonomía. Tenía que ir a comprar, manejar
dinero. Fue un cambio muy grande, empecé a hacerme la cena: el
huevo frito, la ensalada, el churrasco. Son cosas fáciles, pero
normalmente un síndrome de Down no las hace; si tiene unos padres
protectores no lo hace. Porque hay fuego, agua hirviendo, etcétera.
–Usted tiene un buen vocabulario.
–Leí muchísimo. Anuarios, revistas, periódicos. Todo.
–¿Y novelas?
–Mi madre me dice: “Tienes que leer novelas en vez de leer anuarios”.
Pero los anuarios me encantan. No sé, pero tengo mucha memoria
y asocio lo que pasó un día con lo que ese mismo día me pasó a
mí. Las novelas no me dicen nada. Prefiero escuchar Los 40 Principales
que leer una novela. Parece una tontería; es más, es una tontería
decir algo así, pero ¿qué pasa?, pues que Los 40 Principales es
lo que escucha la gente de mi edad, el mundo real; es la música
que escuchan los jóvenes. Y las novelas no lo son. Los jóvenes
no leen novelas, y a lo mejor por eso yo tampoco las leo. ¿Qué
quiero yo? Pues ser un joven, reivindico ser un joven. Ése es
un tema que tengo con mis padres, un debate filosófico. El año
en que lo pasé mal en el instituto, aquella lucha con los chicos,
eso me hizo madurar. Tenía 15 años, y los padres a esa edad tienen
un gran peso; entonces me aficionaron a la música clásica, a la
cultura, y yo me quedaba en la burbuja adulta de la cultura, en
lo sesudo. Y cuando me quedé solo en casa, me dije: ahora tengo
que sacar mi parte más joven, esto se acabó. Se acabó Beethoven.
Mi madre dice que me he convertido en infantil, que he retrocedido,
que antes me interesaba la cultura más que ahora. Pero no es eso...
Lo que estoy haciendo es ponerme en mi sitio. Me hace falta la
música moderna, los grupos. Es que estaba estudiando a Piaget
con canto gregoriano. ¡Imagina estudiar a Piaget con canto gregoriano!
Para morirse, vamos; para tomar los apuntes y tirarlos por la
ventana. Lo cambié por Los 40 Principales, y como que me animé
y hasta me entraba más fácil.
–¿Y piensa que, como hacen los adolescentes, se está enfrentando
ahora a sus padres?
–Sí. Viví demasiado con los adultos. Incluso me lo decía mi profesor
de apoyo: “Pablo, que te estás aislando”. Porque me quedaba en
casa con los libros y la música clásica. Y ahora hay otra puerta,
la use o no. Creo que esto forma parte de la lucha por la autonomía,
por primera vez me atrevo a tener mis propios gustos. Cuando veo
a mis sobrinos, que están ahora con el violín, con el canto, pienso:
con 15 años, mira que son sosos. Con 15 años, lo que uno quiere
es salir y divertirse. Pero no lo digo nunca, me lo callo, pero
lo pienso. Si yo tuviera 15 años, me iban a meter a un coro a
cantar el miserere... Y eso no quiere decir que no esté bien con
mis padres. Pero es otra cosa. Ellos se están acostumbrando; me
han dejado, creo, como un caso perdido. Antes, si quería ver Operación
Triunfo, me decían: “Pablo, ¿qué haces?, eso es un comecocos”.
Ahora saben perfectamente que lo voy a ver.
–Antes decía que su profesor le decía que se estaba aislando.
¿Hasta dónde llegaba su confianza con él?
–Con él hablaba de todo, de cosas que no hablaba con mi madre:
de sexo, por ejemplo.
–¿A qué edad empezaron a gustarle las chicas?
–Siempre. Siempre estaba enamorado. He tenido muchos amores platónicos.
Cuando veo una niña muy guapa, es que ya me estoy enamorando.
Las chicas guapas me encantan. En BUP ya me interesaba estar con
las chicas. Las de clase me trataban con naturalidad, una me metió
en un grupo de Acción Católica. Salía con ellos, después de la
misa nos esperábamos fuera. Y un día, era 1992, después de las
navidades, los esperé como siempre. Diez minutos, quince, media
hora, tres cuartos de hora, y allí no salía nadie. Estaba mosqueado,
hasta que apareció alguien. “¿Oye, dónde está la gente?”. Contestó
que se habían ido hacía tiempo. Me fui llorando a lágrima viva.
Llegué a casa de mis tíos con los ojos supercolorados. “Pablo,
¿has llorado?”. Y a partir de ahí dejé el grupo. Luego estuve
con los boy scouts. En aquella época siempre buscaba amigos y
quería saber qué pasaba con las chicas, cuál era su mundo. Entonces
desconocía el significado del concepto desengaño. Apareció otra
chica, siempre las encontraba, y me encandilé. Era muy guapa,
lo intenté, “qué guapa eres”, hasta que un día vi al novio, y
vaya... Cuando se lo comentaba a mis padres, me decían: “Hombre,
Pablo, es que tú te fijas en unas chicas muy guapas”. En aquella
época era un enamoramiento espiritual, más que carnal.
–¿Y luego?
–En los scouts había otra chica, ¡Dios mío de mi vida...! Y lo
mismo. Hasta que en un campamento se mascó la tensión. Estaba
el novio de ella, era un compañero, y él en broma dijo: “Así que
te gusta fulanita...”. Fue terrible, lloré, me fui, ella vino
hacia mí: “Pablo, somos muy buenos amigos, no tenemos que dejar
de ser amigos”. ¡Qué mal me sentí! Fue lo peor que podía decirme.
Y así me di cuenta de que el tema de las chicas era muy difícil...,
una dificultad añadida. Supe que el síndrome de Down iba a marcar
mi vida, que las chicas no querían enamorarse de mí porque era
síndrome de Down. Y todavía me sigo rebelando contra ese pensamiento.
Pero sé que esa posible novia debería ser tan especial que pocas
podrían serlo. Las chicas normales no me quieren; tienen muchos
prejuicios, tienen miedo, tienen una familia. Fíjate lo que diría
un padre que se diera cuenta de que su hija tenía un novio con
síndrome de Down...
–Pero dice que se rebela contra ello. ¿Podría ser su próximo reto
encontrar una chica apropiada?
–Pero besarse ya sería un escándalo público. Imagínate. Los mayores
se escandalizarían, irían a buscar un guardia, se armaría la gorda.
Me da miedo. Hace un par de años estaba solo en la playa, hablando
por el móvil, y a los cinco minutos ya tenía un guardia civil
al lado. “¿Te pasa algo?”. “Nada”. “Es que me ha dicho una persona
que estabas perdido.” Imagínate, por estar hablando por el móvil...
Si estoy besándome con una chica, no es que venga un guardia civil,
vienen cinco.
–¿Le gustaría vivir solo?
–Poder, podría, pero se está muy bien en casa de los padres, las
cosas como son. El otro día vi un reportaje sobre universitarios
donde se decía que la mayoría vive con sus padres, porque la vida
está muy cara y eso... Yo me considero uno más, tengo los mismos
problemas que cualquier universitario. Además empecé a trabajar
en febrero, en el área de bienestar social del Ayuntamiento. Me
dedico al sector de los discapacitados, soy lo que se llama un
sensibilizador. Viene gente con discapacidad a preguntarme qué
puede hacer, y sus padres, a consultarme.
–Después de sacar una diplomatura en magisterio en la universidad,
ahora se está licenciando en psicopedagogía.
–Es un poco más difícil, más abstracto. Sobre todo la parte de
los psicólogos, como Piaget. Es como un desierto. Espero acabar
este curso, y entonces será cuando oficialmente me licenciaré.
Y mi destino quiere ir por ahí, aconsejando, orientando. Ahora
el director del área de bienestar social me ha incluido en un
proyecto de la Unión Europea que es para fomentar el empleo con
apoyo, y para lo cual hay que hacer una labor sensibilizadora
muy importante; yo voy a ir a las empresas con ese fin. Quieren
crean una red de empresas solidarias donde puedan trabajar los
discapacitados. En este trabajo estoy con un equipo eminentemente
femenino, con Inés, María, Lola, y otros dos chicos, Dani y Andrés.
Es un apoyo psicopedagógico, y estoy contento, hace que me sienta
útil.
–Leía el otro día en un libro que ser Down, como sucede con otras
cosas, lo coloca a uno en una categoría que pesa mucho más que
las potencialidades que se tengan, los talentos que pueda tener.
–Te etiquetan y de ahí no sales. Toda la vida voy a llevarlo encima.
Así como a David Bisbal le llaman el triunfito, a mí me llaman
el síndrome de Down. Hay consuelos, como que el director del área
de bienestar social les dijera a mis compañeros: “Explotar a Pablo,
que tiene mucha capacidad”. Es decir, yo veo que en el trabajo
me consideran útil, y eso me gusta. Pero lo que más me compensa
es demostrar lo que somos capaces de hacer, que lo vean a través
de lo que yo hago. Claro que esto sólo se puede entender si a
uno le importan los demás, si eres progresista.
–¿Usted lo es?
–Lo soy. Por eso critico ese discurso conservador que hay ahora,
en lo educativo, lo social, lo político. Por eso me pongo en contra
de la ley de calidad educativa, porque es conservadora y significa
una involución en el plano de la educación de los discapacitados.
¿Cómo se llama de calidad una ley que consiste en hacer más exámenes
y reválidas en una sociedad en la que hay que potenciar los valores
sociales? Es una ley retrógrada con respecto a todo lo que se
ha hecho en la anterior época en medios de atención. Yo no puedo
estar a favor, el discurso de ahora es meternos en guetos. Como
tampoco puedo estar a favor de la guerra. Es que no puedo. Ni
con los políticos que están ahora en el poder. Y además, el discurso
respecto a los discapacitados es global, afecta lo mismo a los
Down que a los negros, a los árabes; a todos los diferentes. El
respeto a los derechos humanos, el de ser todos iguales, es lo
que tiene que estar por encima de todo. Por encima del dinero,
del poder, de la competitividad. Y en eso se está retrocediendo.
Con los líderes tan conservadores que tenemos en el plano mundial,
Berlusconi, Sharon, Bush..., ¿adónde vamos a ir? Nos ha tocado
vivir un momento muy duro a los progresistas.
De El País, de Madrid
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